jueves, 13 de marzo de 2014

Más bien parezco un loco.

Autor: Edward Iván Gonzáles Quiñones
Estudiante de antropologia UN
Tomado de revista " La ventana"


Me dijo, inadvertida, que parezco loco. Sus imágenes son reminiscencias instantáneas. Desconfió de mi memoria; dudo de la realidad que viví junto a ella. Son tormentosas las posibilidades de que haya sido un sueño; un sueño de ensueño, tornándose en pesadilla.
La cerveza no es bebida para recordar. Es amarga, al cabo; sabe muy amarga hoy. Suena música que voy programando. Una rocola: decenas de monedas de doscientos pesos para escuchar música de la que quiera y en los rincones de una cantina se oye despecho, todos diciendo lo mismo. Javier Solis. Jose Alfredo Jiménez .Chávela Vargas…se va oscureciendo y no la dejo de pensar. Temo la llegada de la noche. Todas las canciones parecen ser mi historia, son mis composiciones. Ese bolero es mío… que importa quién lo haya hecho, es mi historia y es real… Ese bolero es mío, por un derecho casual, porque yo soy motivo de su tema pasional…
El aguardiente sería mejor ahora, pero nunca me ha gustado su sabor, prefiero chirrinchi. Sabe dulce, mucha más ardiente. Es traicionero; enloquece. Quema. Revuelve los sentidos. En ese salvaje occidente de Boyacá, tierra del destilado de guarapo, el chirrinchi, pocos lo toman, muchos menos quienes lo admiten.
Unos aventureros apostaron por sostener que los mitos no son cuentos raros, que son “verdad”. Creer en el amor es creer en un ente mítico; un cuento raro dice, además, que va acompañado de la locura. Tan mítico es, que hay quienes luchan contra la corriente pregonando que no creen en él. El amor es un mito… Tú eres mi amor. Tú eres mi mito. Por eso tuve un cuento (raro) contigo. Ella se desvaneció, sin dejar más rastro que mi pena; quise un amor mítico, una locura, locura como la de Felipe Pirela: para vivir contigo eternamente, y ser uno del otro imprescindible, en la muda elocuencia de los besos. Y tener nuestro amor en lo intangible… Cuando la vida eterna se desprenda y el infinito muera en el olvido, quedará nuestro amor como la ofrenda de dos que aunque pecaron han vivido. Ahora está ausente.
Temo la llegada de la noche. Ya está oscuro, tan sólo la pienso. Como todo, nuestro querer, una víctima de tensiones; nunca hay un estado perfecto de equilibrio, siempre apremia la entropía. Más bien lo mío fue una utopía. Con candor. El alma entera yo le di, pensando en nuestro idilio consagrar. Sin pensar que ella lo que buscaba en mí, era el amor de loca juventud.
Nadie se atreverá jamás a decir que mi querer no fue genuino. La quise desde que la conocí. Pero nadie me llame cobarde, sin saber hasta donde la quiero. Confieso mi pobre capacidad para confiar. Me aterra depositar mi vida en otra. Me horroriza pensar en un suspiro perpetuo. En otras palabras, tengo miedo de la traición, de la decepción, de su devenir en desconsuelo. Para dejarlo más claro, soy “cerrado”. La apertura es un privilegio, no tanto para los otros como para mí. Es un desahogo. Me aterra depositar mi vida en otra. Pero no menos cierto es que lo necesito. A ella me entregué.
Debí saberlo desde un principio. Me había jurado no prestarle atención, no insistir en perseguirla entre la niebla, esquivando esa sombra que siempre se interpuso entre ambos. Ya la había llorado, cualquiera sabría identificar esa señal. Siempre ha logrado doblegar mi voluntad. No pude evitarlo. Comenzó por las manos, como inicia cualquier artesanía. No puedo dejar de pensar que resultó ser una cerámica de las que hace doña Rosa en Ráquira y terminan “chitiadas”, se rompen intempestivamente.
Veo innecesario negar la “cursilería” que agobia cualquier idilio ¡Te quiero con el alma! Te quiero con ternura, con miedo, con locura. Al parecer, en el amor, ocurre que todo se reduce a una unidad formada por dos. Se crea un individuo a partir de dos. Como en él todo es pura locura, el loco es, además, egocéntrico. Es yo y lo relativo a él; piensa el mundo desde ahí. Las dos partes, egocéntricas, “crecidas” por saberse idolatradas por otra son, sin embargo, solidarias, cuando menos entre ambas. El egoísmo es distinto: no es yo pensando en sí mismo para relacionarse condescendientemente con el mundo, sino pensando el mundo en función del yo. Me esfuerzo por no creerte egoísta. Puede que esté condenado a tu egoísmo, Soy víctima de la prisión de tus ojos. Una prisión sin obstrucciones, similar a las colonias carcelarias de principios del siglo XX que condenaban a los reos a vivir en lugares inhóspitos, de los cuales escapar equivalía a morir, a desaparecer interno en la selva. Le dije, y ella estuvo de acuerdo, que su querer era menor al que yo sentía por ella. Qué se puede hacer con el amor… si es cosa de él. En retrospectiva, cuán chistosa me parece la noche en que, de no ser por la iluminación nada romántica, te dijera “te amo”; fui estúpido, lo hice.
 La noche tiene pocas estrellas. Y los “te quiero”, cada vez más férreos, murieron en su punto más alto. Murieron en donde germinaron; no lo esperaba. El amor es también un encanto, uno está encantado. Se fue como el encanto de la laguna de Ancamáy, o eso dijo don Segundo en la calurosa vereda, ofreciendo guarapo. Anhelo el pasado, sueño en nuestro ayer. ¡Qué efímero! ¡Qué ausente! ¿Tu ausencia me matará o me dejará así, chiflado? Nada buenas son las opciones que me deja Lavoe.
No sé de qué padezco, pero los síntomas están localizados en el corazón, todo en el centro del cuerpo, el alma debe estar allí. Dicen que yo no te conozco, que yo debo estar loco soñando en tu querer. Que me salgo en la noche a llorar mi locura y a contarle a la luna lo que siento por ti. Me tortura su desprecio, su ausencia, es no más que un vacío. Si me llama “el loco” porque el mundo es así. La verdad sí estoy loco, pero loco por ti. Es una pena profunda.
Lo admito, estoy loco. O mejor, lunático. Me aseguré inquiriendo diccionarios, y sí. Tengo perturbada la razón; mi amor, aún más mi despecho, están exaltados; mis sentimientos por ella son muy intensos, fuera de lo común. Como ya no está la olvido por instantes, pero es la noche el gatillo de mi locura, que es lunática, porque no es continua; porque tú, luna,  exhortas mi memoria. Desde que te marchaste dormir casi no puedo, hay noches que despierto con ganas de llorar .Te quiero. Te amo. Te idolatro. Idolatría, un amor primitivo, el pecado del salvaje; amor indio, irracional.
MI vivir es mítico. El destino es cruel; mala suerte tengo yo. Ya ves que no soporta tu ausencia el corazón.  Del amor no se escapa nadie, debe ser con locura para ser verdadero y quien no lo tiene lo anhela lunático. De la locura, entonces, nadie se salva… No te salves,  dice el poeta. Te juro que en mis locos delirios te llamo, parece tenerte de nuevo a mi lado… pero todo es mentira, se destruyó mi sueño, mi único consuelo en las noches es llorar… Huir del mito, de la sociedad, del amor y la locura, es de superhombres. Yo soy corriente, nada especial. Eso que canto lo cantan y lo cantaron muchos, no menos lo cantarán pronto. Quiero creer, empero, que son mis letras inspiradas en ti.

La luna escala la noche. El trago, dulce y amargo, tenue y ardiente, se extingue. No cesa la reminiscencia, no concluye el querer. Más bien parezco un loco, confuso y sin destino. Nunca pensé que tanto se amara a una mujer. Mi voz se pierde entre el llanto. Te amo con locura, tu ausencia me enloquece; la noche me tortura  y la luna me consuela. Pero me serena la fortuna de la distancia; el olvido camina junto al tiempo. “Ojalá que te vaya bonito”.  No queda más que esperar, con desesperación. Sueño o pesadilla, confundo entre realidad y quimera. Y sin distinguir entre ellos, el destino es incierto y la bruma de la noche absorbe lo que queda de mí.

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