Agarro mis llaves, mi
cartera, los cigarros. Suspiro. Miro de nuevo el reloj. 2:12. Salgo a la calle.
El humo del cigarro al disiparse en la oscuridad de la noche me provoca la
sensación de ser gaseoso. Mis disertaciones durante las largas caminatas en la madrugada
parece que me han mantenido vivo todos estos años. Camino despacio, con
parsimonia. Me gusta ver la metamorfosis de la ciudad. Es fascinante. Hay dos
ciudades contrapuestas, enemigas declaradas. Durante el día hay luz, rapidez,
afanes y correrías voy tarde a la oficina odio el metro dame más café; en la
noche, en la noche no hay nada una monedita por favor papi estas buscando
diversión a donde lo llevo joven deme todo lo tiene. Al caminar la vida parece ir a la par con las
periódicas caladas al cigarrillo, la sincronía punzante de una pierna después
la otra y el ruido de un motor al alejarse. A eso sabe la vida en las
madrugadas.
En esta madrugada en
particular pienso que ya van a cerrar la tienda que noche a noche desde tantas
noches me había suministrado el alcohol para llegar sano y salvo a la mañana
siguiente. También pienso que la podredumbre huele a perfume viejo, sudor
penetrante y miseria medio negrita, medio cafecita, eso depende de que tan fría
y triste pueda llegar a ser la noche, o no. La noche de esta ciudad tiene un
reparto de personajes dignos de una gran película independiente. Tomo nota.
Siempre a unas tres calles esta esa pequeña chica. No más de unos 15 años,
alta, delgada, con una mirada penetrante y perspicaz que al verla te das cuenta
que ha pasado demasiadas cosas, demasiadas para su edad y que de niña ya no
tiene absolutamente nada.
-Hola guapo, llegas tarde
hoy. Siempre es divertido verte a ti, a la misma hora, cada noche, sin falta.
Hoy llegas tarde. Me dijo acercándose encima de sus característicos y
gigantescos tacones.
- Falso, le dije. Siempre
salgo a la misma hora. Mi reloj nunca falla ¿Sabes?
- Pero si llegaste tarde.
Esta noche llegaste tarde, tienes que creerme. ¿Estás bien?
- De nuevo te digo, salí
a la misma hora de siempre, hice lo mismo de siempre, siempre lo hago. Y no
estoy bien, pero no estoy mal. Ya sabes, solo estoy, como siempre.
-Bueno ya veraz tú y tu
puntualidad mañana guapo, sabes que siempre estoy acá.
- Lo sé. De verdad que lo
sé.
Sigo mi camino.
La siguiente cuadra está llena de pequeños
bares y cantinas a los que vienen a parar esos tipos que ya no tienen remedio, que,
en la madrugada, en la tarde y en la mañana están ebrios. Ebrios de vida, pero más
que todo de alcohol y que hace rato nos abandonaron. Los muy malditos se fueron
a un mundo borroso, atontado y tambaleante. No los envidio, pero tampoco me
molestaría seguirlos, al menos un rato. De hecho, hacia allá me dirijo.
Pienso en los hedores de
la madrugada, hedores que expelen los callejones por los que transito con
tranquilidad y a sabiendas de su inmundicia. Simple. Me siento parte activa e
importante de dicha inmundicia y ella hace parte de mí. Tambaleo entre
disquisiciones un tanto extrañas y reminiscencias que me conducen a valles más
tranquilos y ríos más calmos. Pero rápidamente, luego de una profunda calada a
mi cigarrillo mis pies vuelven a la oscuridad de los callejones y a lo anónimo
de la ciudad que nos depredo hace tanto.
En mi travesía nocturna a
través de las selváticas calles me tropiezo con un tipo de ser o ente que
durante el día simplemente parece que no existiera, tiene la habilidad – o más
bien se la otorgaron a la fuerza- de desaparecer frente a los ojos de sus
semejantes. Invisible.
Nada más afortunado.
Nada más desgraciado.
Se arrastran por los
andenes en busca de redención, comida y sustancias para olvidar su
invisibilidad. Seres que descendieron hasta el más hondo de los estadios de la
urbe para ser sus habitantes privilegiados; sus dictadores más doctrinarios y
recalcitrantes.
- ¿Todo bien? ¿Qué frio
tan malparido no? Por eso va tarde, si o que. Me dijo tratando de levantarse no
con mucho éxito del andén.
- ¿En serio? No voy
tarde. salí a la hora de siempre. Le dije un tanto irritado.
-Huy hermanito esta noche
está más llevado de lo normal ¿no? Va tarde mi hermano, o va muy loco, o va muy
desquiciado, no tanto como yo, pero casi. Igual va tarde.
-Mierda. No voy tarde.
Tome, olvídese un rato de usted y de mí y principalmente de que voy tarde.
Mierda. Y le pase el cigarro de marihuana que siempre, a la misma hora y todas
las noches le regalaba. Me caía bien, envidiaba que aun pudiera disfrutarla, yo
hace tanto que no podía disfrutar la lentitud, la relajación, la alteridad de
no ser… simplemente ya no la soportaba. Desafortunada cosa. La verdad.
-Buena parce, yo que
haría sin usted ¿ah? Hace raaato que me hubiera muerto. Espere, ¡creo que
podría ser mejor y hasta más barato para ambos! Exclamo mientras soltaba una
sonora carajada y prendía con una felicidad inmensa ese cigarrillo.
Contemple un momento el
humo dulzón confundiéndose con el frio y la oscuridad. Parece que él también se
hubiera evaporado, parece que yo también. Sigo mi camino.
La tienda queda a unas
tres cuadras. Cuadras largas, solitarias quieto ahí pedazo de mierda denos todo
lo que tiene no que le pasa no tengo nada cállese y páselo que lo vamos a matar
tome tome no tengo nada más lo cigarrillos ay lo están robando no los cigarros
no suerte hijueputa. Un episodio demasiado común para la noche de esta ciudad,
no tan así para mis noches. Me habrán robado unas tres veces, bueno, cuatro
veces ahora, desde que salgo a esta hora. No sé muy bien por qué. Quizás
suerte, quizás no represento muy a menudo un blanco grato para aniquilar por
una baratija para hacer llamadas, que por demás no tengo, no lo sé. Mis
cigarrillos, eso es lo que más me duele. Mis malditos cigarrillos son la
sustancia que me mantiene andando hacia adelante ay joven está bien le paso
algo cállese vieja egoísta y malparida que le pasa hijueputa respete pasa que
soy un hijueputa sin cigarrillos. Acelero el paso.
Aún tengo algo de dinero.
Mi garganta está en llamas, necesito un trago, en realidad necesito –además un maldito cigarrillo-
muchas cosas. Pero al final me conformaría con un trago de aguardiente y un
maldito cigarrillo. Ya veo la luz de la tienda. No venden cigarrillos.
-Mire hermano, con las
mujeres toca así, no hay de otra. Todas son unas perras que van de aquí allá en
busca del mejor postor. Así son, yo las conozco hermanito, créame, no sufra por
esa vieja, camine vamos se busca una bien bonita, se relaja, se olvida y vive
tranquilo. La tranquilidad no tiene precio, no ponga su tranquilidad en manos
de una mujer. Mala idea. La madre.
-Que no, no puedo hacer
eso. Simplemente no se puede, estoy más allá, ya no solo es tranquilidad, es
sosiego, es poder dormir en paz, es saber que no voy a amanecer de nuevo con
ganas de pegarme un tiro entre los ojos lagañosos al levantarme hermano,
entiéndame. Quizás si voy bien alucinado y puede que me imagine todo, hasta de
pronto me la imagine a ella, no sé, lo único que sé es que así es la vaina. De
ninguna manera me puedo zafar de ella, de mi…de esto… mierda, sí que estoy jodido ¿no?
-En efecto, usted esta es
muy jodido. Mierda que vaina tan seria hombre. Nada que hacer, o se muere ella
o se muere usted. Lo que primero pase, así lo veo yo mi hermano.
Salgo de la tienda un
tanto asqueado, un tanto pensativo. Curioso es ver lo frágiles que somos. Lo
maleables que nos volvemos frente a alguien más… sin ninguna razón aparente.
Amor… mierdas no más. Mierdas muy peligrosas, tan peligrosa como el odio, más
peligrosa que el peor de los callejones o la bala más certera. Irremediablemente transitar entre caminos tan
atestados de peligros y amenazas solo conlleva a una resolución inevitable. O
te mueres tu o me muero yo… la vida y la muerte entrelazadas entre un beso
mortal. Un beso entre dos pobres diablos inocentes e ignorantes del camino al
que ingresan. Camino inevitablemente dantesco, oscuro, lúgubre y, por demás, hermoso.
Cada loco con su cuento. Pobres ebrios
de la tienda ya lejana. Su noche será corta, su sufrimiento, largo.
El camino de regreso
siempre parece más corto, menos interesante, mas apurado. Sigo pensando en
aquel par de ebrios desposeídos y despechados. Pienso en ella… quieto hijueputa
deme todo lo que tiene o le vuelo la cabeza en serio que putas ya no tengo nada
no maldito pase el celular que le voy a dar un tiro tengo guaro aaaah si es
usted bueno deme un chorro ya que oiga usted sí que va tarde hoy. Absurdo. Mierda que no voy tarde. Me volví amigo de mi atracador. Nos tomamos
unos tragos, andamos unas cuantas calles. En un callejón el viro hacia la
derecha. Minutos después escuche lo que pareció ser unos disparos. Que vaina
tan jodida es andar tan loco en la madrugada. Hace ya un rato logre entrar a mi
casa. En el camino vi a mi amigo dormido y contento. Mi pequeña amiga ya no
estaba, ya saben, el trabajo. Y mierda
es en serio que no voy tarde. Miro el reloj. 2:12. Estoy justo a tiempo. Agarro
mis llaves. Salgo por cigarrillos.