Estudiar Historia es una vaina muy jodida. Es un
asunto de resiliencia e insensibilidad muy denso. Pasar 5 años inicialmente, y
luego el resto de su vida si se dedica a la investigación o a ejercer la
profesión, viendo cuanta atrocidad y locura se le ocurre a la gente desde que
tiene la capacidad de pensar por sí misma, no es para cualquiera.
Si, es una mierda gigante. Es desilusionante, triste,
doloroso y horripilante. Eso aplica para cualquier periodo o momento de la
historia que a usted le plazca. ¡Ay!, pero si le dijera lo que le corre pierna
arriba así usted sea o no colombiano, si se interesa por la historia de este
bello pedazo de tierra atrapado entre dos océanos, no es nada fácil ni sencillo
de entender ni de digerir.
Antes se debe asegurar de tener un estomago
resistente, unos ojos con poca tendencia a llorar con facilidad y el corazón
bien escondido y guardado bajo llave. La verdad no sé si esto se algo bueno o
malo dentro de la disciplina, pero esta ahí. Al historiador luego de tanto
estudiar el pasado se le enseña o se convierte en un ser insensible, lejano,
como un espectador al que le vale verga lo que este viendo. Para el historiador
solo son cifras, números, que se murieron tantos allá; que mataron a este
montón por allá; que a fulano lo torturaron y asesinaron sádicamente junto con
otros por esto y esto. Y ya. Así fue porque tales y tales intereses, o la
economía era si, o la política, o simplemente eran unos grandísimos hijueputas
los que hicieron eso y ya. Uno al leer esos textos es lo único que logra hacer,
echar unos madrazos, asombrarse de que eso halla pasado y tratar de entender
porque pasan las vainas que pasan. Y uno va cambiando. Los primeros semestres
si se asombra, por lo menos yo llore varias veces leyendo relatos del siglo VI
a.c o de la América precolombina y la conquista, o uno vaya a saber donde puede
encontrar atrocidades mas ásperas. Pero
los semestres van avanzando y los ríos de sangre y de muertos pasan y pasan al
frente de nuestros ojos y ya al final ni cuenta nos damos, nos acostumbramos a
la sangre, a la perfidia, a las matanzas y a lo hijueputa que es la gente.
Eso nos paso y nos pasa bastante. Es que estudiando
una carrera en la que el énfasis es la historia de Colombia, obviamente así
tiene que ser, pero el lio es que uno se va volviendo un pirobo apático e
indolente. Esto no es que uno quiera, claro que no. La vocación de servicio y
lucha de los Historiadores y las Ciencias Humanas es increíble, pero es que la
cantidad de sangre y desdicha de este país es absurda. Cinco materias son las
obligatorias sobre la historia de nuestra republica bananera, ah y si quiere
hay otro montón de optativas y electivas que puede ver para seguir
horrorizándose con la barbarie colombiana.
Y empiezan las clases: que la guerra de conquista,
después, la de independencia, que las guerras civiles del siglo XIX, que la
guerra de los mil días, que después la Violencia, y después más violencia y
guerra, y guerra y mas guerra y mas muertos y mas torturas y mas violaciones y
mas muertos. Así es toda la hijueputa historia desde 1492 e incluso antes, en
este pedazo de tierra, y ver eso y saberlo, cansa, desmoraliza, deprime.
Pensando sobre eso al final uno siempre termina
culpando a los mismos: ¡desde el principio hasta hoy son los mismos malparidos!
Ya sean españoles, criollos, elites, burgueses, blancos, aristócratas, políticos,
terratenientes, latifundistas, paracos, ejercito o policía, siempre son los
mismos. Es evidente que es una gran obviedad y que todo el mundo dice lo mismo,
pero que es parce, así es.
No hay que darle tantas vueltas al asunto. Siempre se
trata de que un grandísimo desgraciado que quiere tener más plata y más poder
para así mandar sobre los pobres maricas que no tienen nada y poder comprar
maricadas que no necesita y engordarse hasta que se estalle de tanta grasa y
ponzoña. De verdad si uno lo piensa es una pendejada gigantesca, pero así es la
gente. ¿De verdad así es la gente? ¿siempre ha sido así? ¿No hay otro remedio
que aceptar la intrínseca hijueputez del homo sapiens sapiens
hijueputicus? A mi a veces me gusta
pensar que no, porque conozco gente muy buena, muy chimba, que pareciera no
tener un genocida adentro suyo, pero vaya uno a saber cuando les dicen que
tienen el poder de decidir sobre la vida de otro pendejo como reaccionan.
Desastroso.
A mi me emputa demasiado que hallamos normalizado
tanto la guerra y la violencia y la hijueputez en nuestros colombianos
corazones que pareciera que no podemos ver o entender o pensar la vida en
comunidad sin tener la necesidad de matarnos todo el tiempo por cualquier
estupidez. No me cabe en la cabeza. La historia me dice que llevamos así 200
años, en efecto, pero soy un pirobo muy terco que se niega a pensar que ese es el
fútil destino de este hermoso platanal.
Yo sí creo que hay más gente buena que mala, y que la
paz en este país es posible. Pero no creo en los desgraciados que en estos
momentos tienen en sus manos la maldita decisión de decir listo, todo bien, ya
no los vamos a matar desde el gobierno, vamos a repartir toda la tierra que nos
robamos, ya no vamos a tener unos palacios taaaan grandes ni camionetas taaaaan
caras, y vamos a hacer que este país sea la potencia que debió haber sido desde
hace tiempo. Pero no, la verdad la veo muy negro. Ellos prefieren seguir
enriqueciéndose, seguir engordando como cerdos que son, seguir mandando a gente
inocente a que maten a otra gente inocente para ellos poder seguir robando y
viviendo del putas en sus mansiones y fincas gigantes por todo el mundo. Porque
así son. Porque son unos desgraciados que les importa tres mil hectáreas
despojadas de verga lo que les pase a los campesinos y demás habitantes de este
país. Es horrorosa la indolencia, el cinismo, la falta de humanidad.
Escribo esto para manifestar que yo a pesar de ya
estar a punto de graduarme NO he perdido la empatía, ni la capacidad de
asombro, ni mucho menos la inmensa rabia que llevo desde antes de empezar a
estudiar este mierdero. A mí todavía leyendo los libros de matanzas se me
escurren las lagrimas al ver como narran la perfidia de una manera tan fría y
distante. De igual manera repito como una oración cada nombre de esas personas
que fueron asesinadas, torturadas, despojadas, ultrajadas, y degradadas de
maneras infames y ruines, para que ellos sepan que aun hay que gente que los
recuerda, que se preocupa por ellos, que no va a dejar pasar un solo día sin conmemórarlos
y homenajearlos, sin revivirlos al escribir sus nombres en unas líneas
inmortales: ya sea en una pared, en un libro o en el corazón. Porque si algo
tengo claro, es que no hay peor crimen que el olvido. No hay peor escenario que
el de ser olvidado, como si no hubiera existido, como si no hubiera venido a
este mundo a sufrir inmensamente, cuando nadie le pregunto si quería abandonar
su estado de no existencia, y, por lo tanto, de no sufrimiento.
Al final todo es por ellos, es la lucha de la vida y
la memoria contra la muerte y el olvido. Contra la perfidia, la inhumanidad y
la crueldad, siempre estará la vida, la resistencia, la memoria y la permanente
lucha.
Estos días que pareciera que el proceso de paz se va a
ir la mierda, que luego de esas momentáneas y efímeras esperanzas que tuvimos,
esta manada de desgraciados sigan y sigan y sigan matando gente todos los días,
no debemos desfallecer. No podemos rendirnos, porque la muerte jamás espera,
jamás se cansa, jamás da tregua. Entonces nosotros tampoco podemos rendirnos.
Simple. Así todo se vaya a la mierda, así la guerra se reactive mas sádica que
nunca, así pareciera que el país finalmente se va a consumir en un grito
suicida y una explosión gigante de odio y de napalm, no podemos rendirnos.
Porque no podemos pensar que estamos condenados no a 100 años como dijo Gabo,
por que ya vamos 200, sino por toda la eternidad a la inopia, la desigualdad,
la violencia y la soledad del olvido. En serio me niego a pensar que eso es
así, y me obstino pensando que algo mejor le espera a esta tierra tan linda,
con gente tan mala.
Finalizo con un relato que me tropecé haciendo una
investigación, precisamente, sobre la gigantesca fosa común que es nuestro país[1].
Este narra la historia de un colombiano que pudo haber sido cualquiera, usted o
yo. Narra la historia de miles de colombianos cuyo único delito fue haber
nacido en este lugar y no más allá, o más pa acá. No, nacieron en Colombia y allí
esta su perdición, pero también la posibilidad de redención.
Redención si el que nace acá le importa lo que pase
con el resto de sus congéneres, le duele, le afecta, le jode la existencia saber
que están matando gente indiscriminadamente y sin asco. Si usted es de esos, le
extiendo un abrazo fraterno y aprovecho para mandarle uno a toda esa gente y
amigos que conozco que están parados, ahí, en primera línea desde donde
se paren, ya sean obreros, amas de casa, taxistas, campesinos, pescadores, antropólogos,
historiadores, sociólogos, ingenieros, médicos o lo que sea, luchan todos los días,
se indignan, joden, escriben, gritan, hacen algo para que este mierdero no siga
así, esa es la gente que vale la pena. A todos ellos, que chimba, sigamos así, porque
los héroes en Colombia si existen. En especial para Rafael Correa, su esposa y
sus cinco hijos, Gilberto, Gentil y sus hermanos: que su historia jamás se
repita y su memoria nunca desaparezca, y que el estado algún día pague su
atrocidad.
“La
trágica vida de Rafael Correa. Ejemplo de la situación que viven los
campesinos. Nacido en Bogotá. Debido a la miseria y el desempleo se va a
colonizar el Sumapaz, por los años 40. Fue mejorando z se caso y tuvo hijos. La
primera ola de la Violencia acabo con su patrimonio e ilusiones. La agresión de
los militares contra los campesinos de Villarrica, en 1956, lo obliga a huir.
Llega al Huila y se radica en Vegalarga, trabajando como jornalero. En la
tregua de 1957 recibe oferta de ayuda oficial para ir a colonizar la región de
“El Pato”. Renacen las esperanzas del campesino y su familia. Desmonta y
levanta su parcela a la cual dedica su energía, la de su esposa e hijos.
Cuando
ya su parcela empezaba a producir, viene la nueva ofensiva ordenada por el
presidente Guillermo León Valencia contra la región. Los altos mandos militares
realizan la operación de cerco y exterminio contra la colonización de “El
Pato”, El 22 de marzo de 1965 una verdadera lluvia de metralla y bombas llegan
del cielo, mientras las bayonetas y los fusiles avanzaban tomando cada rancho
de la región. Una interminable lista portaban los agresores. Era la lista de
las personas que debían ser exterminadas. Así cayeron varios asesinados por el ejército.
Entre los oficiales que se destacaron durante la masacre, por sus abusos y violaciones
de campesinas, sobresalió el capitán Alvarado Linares.
Para
evitar ser asesinado, Rafael Correa, su mujer y 5 hijos, se internan en la
selva de la cordillera, al igual que 500 campesinos de la colonización del El
Pato. Pasaron 11 días de marcha acosados
por la persecución de las comisiones del ejército. Perecieron alrededor de 61
niños menores de 10 años. Tres de los hijos de Rafael Correa fueron consumidos
por la inanición y las enfermedades. Rafael, a pesar de estos golpes, y de las
enfermedades que lo acosan se recupera. Marcha luego a Campo Alegre y Gigante
donde busca trabajo. Logra, por fin allí un pedazo de tierra donde, por tercera
vez, inicia la tarea de construir un rancho y cultivar la tierra.
Cuando
Rafael Correa, ansioso de PAZ, cree estar a salvo, llega la atroz emboscada.
Una patrulla de carabineros, al mando del capitán Ruiz, el 10 de junio de 1968,
rodea la casa, donde previamente ha sido citado por le informante, Gonzalo García
con el propósito de que la patrulla lo liquide. Durante el abaleo fueron
heridos por los carabineros los dos hijos que le quedaban a Rafael Correa. El
menor, Gilberto de 8 años, murió poco después. Presentaba un tiro en el
vientre. Gentil, con 14 años, quedo gravemente herido. En Gigante le negaron la
atención en el hospital. Lo llevaron a Neiva, pero murió en el viaje.
Así
fue casi totalmente exterminada la familia de Rafael Correa.
![]() |
| Podran cortar la flores, pero no detendran la primavera. |
No
contentos con el dolor del padre ante la muerte de sus hijos y las heridas de
su esposa, Rafael Correa fue detenido por los asesinos de sus hijos y
torturado. En las torturas participo el sargento Moreno quien lo amenazo con un
cuchillo, mientras los otros policías le retorcían los brazos y piernas.
Resultado
de las torturas: un brazo y una pierna descontuyados. Todo ese martirio con el
propósito de arrancarle confesiones sobre supuestos hechos de violencia.
Fue
condenado a 4 años de prisión por el consejo de guerra que acaba de finalizar
en Neiva gracias al permanente Estado de Sitio del país. Corría el final de
1968.”
Me puse al lado de los indios y me derrotaron
Me puse al lado de los negros y me derrotaron
Me puse al lado de los campesinos y me derrotaron
Me puse al lado de los obreros y me derrotaron
Pero nunca me puse al lado de los que me vencieron
¡¡¡¡¡¡¡Esa es mi victoria!!!!!!
Darcy Ribeiro
[1] Este fragmento se encuentra
en “Libro negro de la represión 1958-1980” Editado por el Comité de solidaridad
con los presos políticos y escrito por Jorge Villegas Arango y Gerardo Rivas
Moreno. Pag 86.
