Entro en el cuarto, percibió
la atmosfera pesada, cargada de un sopor extenuante, como si el aire gritara
agonizante lamentos de tiempos ya olvidados. Luego, avanzo hacia la cama y se recostó,
exhausto, fastidiado del mundo, cansado de las personas, no lo pudo contener y
lloro.
Lloro desconsoladamente,
lloro dejando todo su ser, lloro por qué no podía hacer nada mas, lloro porque
su alma lo necesitaba, lloro por todas y cada una de las personas que amaba, también
por aquellas que odiaba, lloro por todo lo que no puede llorar un animal o una
planta en presencia humana, sintió que lloraba por todos los que se negaban a hacerlo.
La sangre del alma le fluía por las mejillas como ríos crecidos, y su cuerpo
convulsionaba al ritmo del más extraño compas, su desesperación. Su mente se sumergía
en niveles tan insospechados de tristeza, desesperanza y desolación cada vez un
poco más profundo por cada lágrima que sus sobreexplotados ojos expulsaban con
la desesperación mas sincera jamás sentida.
En medio de tal frenesí de caída hacia el más
oscuro abismo, en medio de tanto extravió mental y físico recordó que había
causado su explosión, le pareció tan cliché, pero tan verdadero e inevitable en
el mísero ser que es el humano, que el torrente de sus mejillas incremento y sus
sollozos de ser simples susurros pasaron a ser auténticos gritos de dolor. Si,
estaba así por culpa de ella, una mísera mujer, sus convulsiones aumentaron a
medida que pensaba a qué nivel tan absurdo había llegado su amor hacia ella, su
dependencia era total, su ser era una extensión del de ella, vivía por ella y
para ella. ¿Pero como evitarlo? estaba plenamente convencido que ella es la más
hermosa entre los mortales; sus ojos son oscuros como las sombras del crespúsculo;
sus cabellos al viento parecen bailar la más hermosa e hipnotizante canción ;
su voz , ¡ay su voz!, a veces tan queda como el susurro de las hojas
finalizando el otoño, otras, como la voz de las aguas claras que purifican todo
a su paso; el aroma de su divino cuerpo es tal que todos los repugnantes olores
del mundo parecen un lejano recuerdo cuando sientes ese perfume de dioses; y su
presencia ,su presencia es como la luz de las estrellas sobre las tinieblas del
mundo. Su gloria y su belleza hacen resplandecer todo a su paso, y todo el mundo,
pero en especial el, está condenado a rendirle pleitesía.
Por todo aquello, se sintió
miserable, demasiado pequeño, demasiado repugnante a los ojos de tal belleza sobrehumana,
esa a la que tanto amaba.
Sus ojos clamaban
misericordia, pero su alma aun no había si quiera empezado la larga letanía de
pecados, miedos, intrigas, cobardías y de mas escoria que él solía producir y
que estaba en proceso de exorcizar. De nuevo, sus trémulos pensamientos se
posaron en ella, y otra vez recordó el asqueroso ser que el encarnaba , y
lloro, lloro por que la amaba más que a cualquier cosa en el mundo, pero lloro
mas porque sabia que no podría tenerla jamás a diferencia de cualquier otra
cosa del mundo. Y se odio, se odio a sí mismo como si fuera su mas acérrimo enemigo,
se odio hasta más no poder, se odio por no ser suficiente para ella, se odio
por ser tan cobarde de mirarla cada día a los ojos y contemplar su alma
prisionera en esos orbes y no poder gritárselo al mundo, ¡que la amaba con
locura!, ¡con el mas sumo desenfreno!, que haría lo que fuera por tenerla entre
sus brazos si quiera un instante, pero quien oiría los graznidos y gritos de
semejante adefesio.
Allí, sumido ya en un mar de lagrimas,
esperanzas y sueños destrozados, abrió lo ojos, no percibió mas que oscuridad,
sopor y letargo además de sus lagrimas como lava quemándole lo que quedaba de
vida. Entonces sintió frio, primero empezó por los pies, luego subió como una
serpiente reptando a través de su cuerpo y se apodero de él, un frio gélido, paralizante
y muy aterrador. En efecto comprobó que no se podía mover, estaba totalmente inmovilizado
ahogándose en su propio llanto, y súbitamente la vio a ella, hermosa,
resplandeciente como siempre, al ver sus ojos tan indescriptibles como siempre,
lo comprendió, al fin se había ido, podría estar con ella y ya su cuerpo nunca
se lo impediría, pero también entendió que ella nunca lo sabría.
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