-
¡Carajo! ¡no sabía que se podía pintar así! - Recuerdo haber exclamado al
toparme con semejante belleza perdida entre los muros de semejante soledad.
Esa
noche había caminado largas horas. Lentamente y con parsimonia me gusta recorrer
las lúgubres y oscuras callejuelas de la ciudad. La sensación de estatismo, de
sopor y de inmutabilidad que siempre me transmiten las paredes, los andenes,
los edificios y los fantasmas que los habitan me es muy necesaria.
Mis
habituales recorridos por la ciudad son mi única conexión con el mundo
exterior, con ese mundo tan extraño y alucinado del que rara vez participo,
pero que siempre me persigue y me exige que lo retrate, que lo pinte, que lo
dote de inmortalidad.
Me
llamo Felipe, tengo 22 años. A veces me gusta pintar en las paredes, a veces me
gusta dormir días enteros, a veces me gusta olvidarme del mundo y me pierdo en
extraños laberintos de sueños y a veces me gusta lo que me gusta, a veces
no.
La
verdad soy un tipo algo complicado, como medio raro, como medio loco. Nunca me
levanto antes de las 12 de la tarde. Nunca desayuno más que café negro con
mucho azúcar. Tampoco tengo trabajo, familia o un futuro complaciente en mi
ventana. Suelo ir a la universidad muy de vez en cuando y no la soporto. Paso
mis noches, como ya les dije, caminando; pero a veces me gusta detenerme en una
que otra pared blanca y abandonada y dotarla de un poco de color y vitalidad.
Mis
pretensiones de artista son muy infundadas, pienso que todo lo que hago es
bastante mediocre. Siempre me parece que le falta algo, le falta un toque de
esto por aquí, algo de esto por allá, siempre falta algo. Al terminar alguna
obra que parece nunca terminar solo puedo contemplarla interminables horas y
luego odiarla. Sigo mi camino
Esa
noche, un poco más temprano, habíamos empezado como se suele hacer: Música estridente
en unos parlantes viejos, licores baratos, viejas amistades y las drogas
habituales. Es el ritual que se hace necesario cuando muere ese ciclo
despiadado de 7 días, un ciclo de torturas y angustias que se mitiga con un
poco de alteridad, un poco de alcohol y un poco de olvido. Pero
irremediablemente vuelve e iniciar. Allí está el chiste.
-Chicos,
vamos a caminar un rato, salgamos de este lugar que nos vamos a morir- Recuerdo que dijo ella mientras se paraba de
su esquina, se sacudía el mareo del alcohol y se arreglaba su bonito pelo
negro.
Hubo
un consenso general sobre si debíamos movernos, o no. Y lo hicimos. Un grupo de
unas 10 o 12 personas completamente ebrias, idas, locas, caminando en medio de
la noche buscando un poco de consuelo.
Caminamos
un par de calles y escogimos una bonita pared en una avenida principal para
distraernos un rato. Rápidamente brotaron en la fría superficie bocetos,
trazos, líneas, curvas, sueños, tristezas y demás cosas que es posible pintar.
Era sumamente gratificante el sonido de los aerosoles al vaciarse, el olor de
la pintura en el ambiente, la música alucinada inundando la calle y el mundo rebosante
de sentido. Luego de encontrarnos ya un buen rato en nuestra labor catártica
escuchamos a lo lejos el sonido infernal de las personas que no les gusta la
vida, de esas personas que viven de la muerte.
No
nos inmutamos, seguimos, seguimos y no paramos. Llegaron con gran agresividad
lanzando golpes e insultos al lumpen que consideraban estaban ajusticiando.
Lentamente
tome mi lata de aerosol azul, lo puse a la altura de los ojos del despreciable
ser y exclame con gran placer y sevicia – Vea viejo, usted lo que necesita es
un poco de perspectiva, un poco de color y un poco más de vida- vaciándole por
completo el gas toxico por todo su rostro, por todo su cuerpo, por toda su
mierda.
Luego
de un par de inevitables golpes, amenazas e insultos logre zafarme y echar a
correr como nunca lo había hecho antes. Por momentos llegue a temer por mi
vida, estos sujetos siempre son capaces de cualquier cosa. No sé qué suerte corrieron mis amigos y me
siento miserable por eso.
Ahora
que me encuentro una vez más contemplando aquel muro que descubrí al final de
esa aciaga noche, sigo sintiéndome miserable. Pero al mirar este mural que aún
no logro descifrar completamente siento sosiego y una calma que no logro
describir de ninguna manera.
Siento que sigo buscando algo
desesperadamente, que algo se me sigue escapando y que mis obras aún no están
completas. La capacidad de expresar el mundo en unos cuantos trazos me sigue
rehuyendo. Me parece que este mural me sirve como guía, como fuente de pistas y
acertijos que algún día lograre descifrar. Es un tanto extraño que sea la
imagen de la muerte.
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