La cantidad de
sentimientos y emociones que recorren el miserable existir y la insoportable cotidianidad
son exasperantes. A veces me pregunto si es una maldición o una bendición para
la especie humana poder “sentir” ,y pienso que sí, que cualquier otro ser
envidiaría con creces esa habilidad tan misteriosa que nos invade y corroe por
dentro y nos hace actuar de manera, si se quiere, antinatural y antiracional . Allí se encuentra la
importancia del “sentir” humano. Existe
un equilibrio, tenemos dos maldiciones, la racionalidad y la sentimentalidad.
Ambas se repelen, ambas se hacen contrapeso, y en el punto medio de las dos
yace nuestra cordura. Pensar y racionalizar todo convierte nuestro alrededor en algo preciso, calculado, impersonal , soso
, extraviado; pero sentir y enloquecerse con los ríos que fluyen
estrepitosamente en las noches de nostalgia y amargura torna todo muy dramático, poco objetivo , descentrado,
distraído, idealizado, ido… todo extremo de los dones y venenos que nos han
sido otorgados lleva a la locura, una locura nada saludable, una destructiva,
una delirante que aleja los límites de la realidad , los difumina hasta casi
desaparecerlos, prácticamente los fulmina con el derrame en prosa, verso ,
pinturas y canciones de la maldita existencia humana. Las eternas caminatas, monólogos y jornadas
de escrituras a los que muchos se condenan son la expresión del más bello
desequilibrio, aquellos que se dejan poseer, y no les importa en lo más mínimo
la proporción, la regulación y la justa balanza de la vida. Ellos, voluntariamente
se entregan a un proceso autodestructivo, detonante, que carcome y cercena la
existencia diaria, la dispersa, la hace mucho más pesada, más triste, más
solitaria. Y su único objetivo es dejar un testimonio, lograr expresar la
alucinada empresa que es tratar de vivir, de vivir normalmente, ¿Que sería la
vida sin excesos? ¿Qué sería de la vida sin la muerte? ¿De la felicidad sin la
tristeza? ¿Del arte sin el dolor, sin el amor, sin la perdición? Sentir con
tanta desquicia y desenfreno no es saludable, no es bueno, no es recomendable.
Pero nunca nadie nos dio a escoger, fuerzas extrañas, irreverentes y malignas
nos obligan, nos empujan hacia el abismo del estupor, hacia el despojo de
nosotros y del mundo. Estamos condenados a la eterna dualidad. Lluvia con sol.
Tornar en palabras el
torbellino de dolor interior es increíblemente difícil. Pareciera que la vida
fuera la eterna intermitencia entre momentos de felicidad y de pesada tristeza.
El problema del asunto es que no es posible decidir la duración de los mismos. Allí
entra en juego la percepción del tiempo, tan fluctuante: tan efímero cuando se
es feliz, tan eterno cuando se sufre. La alternancia incierta y aleatoria de
los fenómenos de felicidad y tristeza obligan al hombre a crear un estrategia,
unos tiempos y unas maneras de resistir, de resistir a la vorágine que es la
vida y morir con dignidad en el intento de vivir la misma.
Recuerdo una noche
calurosa, iluminada por las eternas luces de la luna y de las botellas en la
mesa. Un lugar que llevaba allí milenios, y que al acabar la noche siguió por
otros cuantos, allí mismo. La experiencia de metamorfoseo que se tiene al
viajar, al dejarse ir, es increíble. La conexión que se llega a tener con un
extraño que te topaste en un hostal de
mala muerte en medio de una ciudad desconocida es de las cosas más preciosas
que alguien puede llegar a tener. Sus miedos, esperanzanas, angustias y sueños
se juntan por efímeros momentos al sonido de chocar de unas latas, y el tiempo,
el espacio y la geografía que los separa, y separara, no existe. En este devenir,
de no saber, de no tener raíces, obligaciones, necesidades, vergüenzas, pactos con
la otra persona, permite una apertura total y sincera de nuestro ser, o al
menos de una aproximación bastante fehaciente de una de las tantas cosas que a
menudo somos.
Recuerdo una conversación
animada, alegre, sobre nuestras
experiencias, nuestras aventuras viajando, descubriendo, despojándonos de
nuestras existencias locales, convirtiéndonos en el viento que pasea libremente
por la superficie de la tierra. Me dijo
que sentía profunda curiosidad por conocer el fondo, por conocer el frio, los
calambres, la dureza, el miedo, la incertidumbre. Me dijo que deseaba conocer
la sensación de la ciudad desde su corazón, desde su dimensión oscura, vedada,
agresiva y poco misericordiosa. Que necesitaba conocer la rudeza de la calle,
de la intemperie, de la profunda soledad que genera contemplar las estrellas
desde la más profunda tristeza, desde la
más inhóspita oscuridad, y siempre rodeado de demonios e infiernos.
Y lo hizo, al llegar a la ciudad no se molestó
en buscar un lugar donde quedarse, la ciudad fue su alojamiento esa noche.
Encima de un cartón, acurrucado en un callejón solitario y maloliente, me narro
como toco el fondo, como se despojó de su comodidad, de su indiferencia, y
pensó, pensó sobre lo miserable que era la vida para tantas personas que tenían
que soportar ese calvario todos los días, y lo afortunado que era por estar
allí, acurrucado, protegiendo con su cuerpo lo único valioso que traía consigo:
un libro y una cámara, de manera totalmente voluntaria , y con la idea en mente
que al siguiente día tendría una cama cómoda y comida caliente en el plato.
Un poco más tarde, otro
individuo irrumpió en nuestra pequeña ventana a la ciudad que nunca duerme, a
la que todos los caminos se dirigen y en la que la eternidad se encarna. Y nos preguntó
si nos gustaba el Duomo. Que si nos gustaba tanto Milán como a él. Por unos
instantes nos miramos sumamente confundidos, porque evidentemente para ambos,
no estábamos en Milán. Le respondimos varias veces que no estábamos en Milán.
Le mostramos a lo lejos la sombra de la cúpula de San Pedro, el perfil del castillo Sant Angelo, la silueta del coliseo,
pero no, el seguía en Milán. Luego de insistir un rato, desistimos. Él se fue,
pero nosotros desistimos de seguir afirmando que estábamos en Roma, y empezamos
a dudar, quizás si estábamos en Milán y nosotros éramos los locos.
Allí tuve la revelación que la realidad no es más
que un invento. Un plano, una página, una sola arista de algo mucho más
complejo, más extraño y que aún nos es vedado. También aprendí que al ser tan
fluctuante , tan extraña y tan cambiante es susceptible a ser modificada,
cambiada y mutada por diferentes fuerzas, entre ellas cabe nuestra voluntad,
nuestras ganas de cambiar , de dejar de ser, de irnos, de no conformarnos con
lo que nos tocó, con lo que nos impusieron . Esas ganas que pueden mover
montañas, que nos hacen disfrutar la vida, nos permiten ir al espacio y alcanzar la inmortalidad en
segundos, esas mismas ganas y esa misma fuerza de voluntad puede crear y
recrear de la nada un mundo solo para nosotros , totalmente nuestro, a nuestra medida y hecho a nuestro antojo.
Desafortunadamente para este punto ya no sé
muy bien que tiene y que no tiene sentido y poco me interesa. La realidad hecha
pedazos y la falta de voluntad para
mutarla son irremediables. La incapacidad de controlar el océano de emociones que
me ahoga es desesperante. El vacío no se
logra llenar con drogas, con alcohol, con lágrimas, con soledad, simplemente no
se llena. Tiene que desaparecer solo, pero no se sabe cuándo, no se sabe dónde,
no se sabe cómo.
Solo queda seguir resistiendo, agazapado, esperando la oportunidad para atacar, para triunfar o morir en el intento.
25/02/216
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