sábado, 16 de abril de 2016

A veces me gusta lo que me gusta. A veces no.



- ¡Carajo! ¡no sabía que se podía pintar así! - Recuerdo haber exclamado al toparme con semejante belleza perdida entre los muros de semejante soledad.
Esa noche había caminado largas horas. Lentamente y con parsimonia me gusta recorrer las lúgubres y oscuras callejuelas de la ciudad. La sensación de estatismo, de sopor y de inmutabilidad que siempre me transmiten las paredes, los andenes, los edificios y los fantasmas que los habitan me es muy necesaria.
Mis habituales recorridos por la ciudad son mi única conexión con el mundo exterior, con ese mundo tan extraño y alucinado del que rara vez participo, pero que siempre me persigue y me exige que lo retrate, que lo pinte, que lo dote de inmortalidad.
Me llamo Felipe, tengo 22 años. A veces me gusta pintar en las paredes, a veces me gusta dormir días enteros, a veces me gusta olvidarme del mundo y me pierdo en extraños laberintos de sueños y a veces me gusta lo que me gusta, a veces no. 
La verdad soy un tipo algo complicado, como medio raro, como medio loco. Nunca me levanto antes de las 12 de la tarde. Nunca desayuno más que café negro con mucho azúcar. Tampoco tengo trabajo, familia o un futuro complaciente en mi ventana. Suelo ir a la universidad muy de vez en cuando y no la soporto. Paso mis noches, como ya les dije, caminando; pero a veces me gusta detenerme en una que otra pared blanca y abandonada y dotarla de un poco de color y vitalidad.
Mis pretensiones de artista son muy infundadas, pienso que todo lo que hago es bastante mediocre. Siempre me parece que le falta algo, le falta un toque de esto por aquí, algo de esto por allá, siempre falta algo. Al terminar alguna obra que parece nunca terminar solo puedo contemplarla interminables horas y luego odiarla. Sigo mi camino
Esa noche, un poco más temprano, habíamos empezado como se suele hacer: Música estridente en unos parlantes viejos, licores baratos, viejas amistades y las drogas habituales. Es el ritual que se hace necesario cuando muere ese ciclo despiadado de 7 días, un ciclo de torturas y angustias que se mitiga con un poco de alteridad, un poco de alcohol y un poco de olvido. Pero irremediablemente vuelve e iniciar. Allí está el chiste.
-Chicos, vamos a caminar un rato, salgamos de este lugar que nos vamos a morir-  Recuerdo que dijo ella mientras se paraba de su esquina, se sacudía el mareo del alcohol y se arreglaba su bonito pelo negro.
Hubo un consenso general sobre si debíamos movernos, o no. Y lo hicimos. Un grupo de unas 10 o 12 personas completamente ebrias, idas, locas, caminando en medio de la noche buscando un poco de consuelo.
Caminamos un par de calles y escogimos una bonita pared en una avenida principal para distraernos un rato. Rápidamente brotaron en la fría superficie bocetos, trazos, líneas, curvas, sueños, tristezas y demás cosas que es posible pintar. Era sumamente gratificante el sonido de los aerosoles al vaciarse, el olor de la pintura en el ambiente, la música alucinada inundando la calle y el mundo rebosante de sentido. Luego de encontrarnos ya un buen rato en nuestra labor catártica escuchamos a lo lejos el sonido infernal de las personas que no les gusta la vida, de esas personas que viven de la muerte.
No nos inmutamos, seguimos, seguimos y no paramos. Llegaron con gran agresividad lanzando golpes e insultos al lumpen que consideraban estaban ajusticiando.
Lentamente tome mi lata de aerosol azul, lo puse a la altura de los ojos del despreciable ser y exclame con gran placer y sevicia – Vea viejo, usted lo que necesita es un poco de perspectiva, un poco de color y un poco más de vida- vaciándole por completo el gas toxico por todo su rostro, por todo su cuerpo, por toda su mierda.
Luego de un par de inevitables golpes, amenazas e insultos logre zafarme y echar a correr como nunca lo había hecho antes. Por momentos llegue a temer por mi vida, estos sujetos siempre son capaces de cualquier cosa.  No sé qué suerte corrieron mis amigos y me siento miserable por eso.
Ahora que me encuentro una vez más contemplando aquel muro que descubrí al final de esa aciaga noche, sigo sintiéndome miserable. Pero al mirar este mural que aún no logro descifrar completamente siento sosiego y una calma que no logro describir de ninguna manera.
 Siento que sigo buscando algo desesperadamente, que algo se me sigue escapando y que mis obras aún no están completas. La capacidad de expresar el mundo en unos cuantos trazos me sigue rehuyendo. Me parece que este mural me sirve como guía, como fuente de pistas y acertijos que algún día lograre descifrar. Es un tanto extraño que sea la imagen de la muerte. 
 23/03/2016


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