El amor instrumentalizado. Esa es la
premisa.
Y de nuevo empiezo a delirar, a
divagar en extraños parajes. Pienso sobre la soledad del artista, pienso en el
amor, el odio, en la locura, la cordura, las fronteras entre ellas y lo poco que se
diferencian, pienso sobre la muerte.
Parto del ser artista. Parto del
escritor, del poeta, del músico, del pintor, del bailarín. Y ellos como
catalizadores, embudos y condensadores. Embudos de todo y de todos, reflejo,
testimonio, muerte.
En esta medida es necesario que el
artista viva, viva al máximo, con desenfreno, con esquizofrenia y con inmensa
locura. Es un deber intrínseco a todo ellos, el de vivir y de morir en el
intento. Todos tienen que buscar el más profundo sufrimiento, el más detestable
dolor, la más sincera felicidad, el más despreciable odio. Tienen que sufrir; tienen
que morir y revivir varias veces al día, tienen que experimentar cada una de
las emociones, experiencias y situaciones posibles, tienen que arrojarse a la
aventura humana y jamás pensar en regresar.
Todo esto en una búsqueda inacabable
e infinita de inspiración; de la más divina iluminación, y los más locos
arrebatos. Ya que su único deber sobre el miserable mundo es hacerlo más bello,
más habitable; su única tarea es crear, crear algo que en realidad valga la
pena.
Entonces el artista tiene que buscar inspiración
en donde sea, cuando sea y como sea. Para esto, según mi experiencia empírica,
el amor cumple un papel fantástico y excepcional.
Pienso en al amor desde otra
perspectiva. Más que un fin, un medio. Un medio para fines más loables y mucho más
bellos. Dentro de su condición de artista el individuo tiene que, por deber,
buscar estar siempre profundamente enamorado, de lo que sea, incluso de una
persona, pero enamorado. Tiene que desearlo con ansias y perseguir ese estado
siempre. Al estar enamorado, el sufrimiento y la felicidad bailan una danza
mortal que se teje en medio de besos y sollozos. La tristeza, la nostalgia, el
cariño y la alegría proliferan como cucarachas. Es un estado tan ambiguo y ambivalente entre
emociones y sentimientos totalmente contrapuestos que se configura perfecto
para los fines artísticos. Ninguna gran obra u acción se ha realizado jamás sin estar en un profundo
estado de enamoramiento (o al menos en un estado alterado de la realidad), sin estar en otra dimensión; sin estar en otro
mundo divagando con versos interminables.
Dante vio a Beatriz solo unas pocas
veces, nunca hablo con ella. Tanto Beatriz, como Dante, están más muertos que
los vivos. La Divina Comedia siempre será inmortal. En los intervalos de tiempo
en los que no se vive estremecido por el amor -a lo que sea- la producción artística
es ínfima, nula, despreciable. Despreciable porque el artista se entrega a la
banalidad, a la tranquilidad y a la vida apacible. No hay peor error.
Entonces el amor es el medio del
arte. Algo en cierta manera tan grotesco, impredecible y problemático para la
gente común, pero para el artista es su motor más poderoso y más imprescindible.
Amar no solo por amar, amar para
crear. El amor por si solo es muy complicado, pero a la vez muy simple. Amar
para buscar las emociones que esto genera y produce. Amar para sufrir, para
llorar, para retorcerse en la podredumbre de un sótano maloliente. Amar para sentir la más excelsa
felicidad, para tocar el cielo con las manos, para ser el dios de un pequeño
cuarto, para eternizarse en un instante de placer, amar para escribir, para
pintar, para tocar, para bailar, para vivir.
El arte como fin supremo. Como la
realidad posible más hermosa, excelsa e inefable al alcance del humano. Y con
ella los artistas, encargados de reflejarla, crearla, mutarla y dotarla de
sentido y belleza. Y sus herramientas, el amor entre ellas, como vehículos poderosísimos
de creación. Los amores van, vienen, se mueren y a veces vuelven. Las poesías,
las canciones, las pinturas, las novelas, las construcciones y las esculturas
quedan. Las personas se aman y mueren. El arte se hace, permanece y se
eterniza.
Por esto se vuelve necesario, inalienable,
imprescindible y obligatorio vivir al límite, en los intersticios de la lucidez
y la más profunda locura. Entre las sombras más ufanas y la luz más brillante.
Se vuelve obligatorio crear y escribir hasta el ultimo segundo de lucidez. Pensando ya sea en algo , o en alguien, pero atormentado y ahogado en sentimientos. Tal y como se evidencia en estas lineas. En fin. Morir, amar y dejar obra. Nada mas importa. Nada más vale la pena.

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