domingo, 6 de diciembre de 2015

Herramientas.



El amor instrumentalizado. Esa es la premisa. 
Y de nuevo empiezo a delirar, a divagar en extraños parajes. Pienso sobre la soledad del artista, pienso en el  amor, el odio, en la locura, la cordura, las fronteras entre ellas y lo poco que se diferencian, pienso sobre la muerte.
Parto del ser artista. Parto del escritor, del poeta, del músico, del pintor, del bailarín. Y ellos como catalizadores, embudos y condensadores. Embudos de todo y de todos, reflejo, testimonio, muerte.
En esta medida es necesario que el artista viva, viva al máximo, con desenfreno, con esquizofrenia y con inmensa locura. Es un deber intrínseco a todo ellos, el de vivir y de morir en el intento. Todos tienen que buscar el más profundo sufrimiento, el más detestable dolor, la más sincera felicidad, el más despreciable odio. Tienen que sufrir; tienen que morir y revivir varias veces al día, tienen que experimentar cada una de las emociones, experiencias y situaciones posibles, tienen que arrojarse a la aventura humana y jamás pensar en regresar.
Todo esto en una búsqueda inacabable e infinita de inspiración; de la más divina iluminación, y los más locos arrebatos. Ya que su único deber sobre el miserable mundo es hacerlo más bello, más habitable; su única tarea es crear, crear algo que en realidad valga la pena.
Entonces el artista tiene que buscar inspiración en donde sea, cuando sea y como sea. Para esto, según mi experiencia empírica, el amor cumple un papel fantástico y excepcional.
Pienso en al amor desde otra perspectiva. Más que un fin, un medio. Un medio para fines más loables y mucho más bellos. Dentro de su condición de artista el individuo tiene que, por deber, buscar estar siempre profundamente enamorado, de lo que sea, incluso de una persona, pero enamorado. Tiene que desearlo con ansias y perseguir ese estado siempre. Al estar enamorado, el sufrimiento y la felicidad bailan una danza mortal que se teje en medio de besos y sollozos. La tristeza, la nostalgia, el cariño y la alegría proliferan como cucarachas.  Es un estado tan ambiguo y ambivalente entre emociones y sentimientos totalmente contrapuestos que se configura perfecto para los fines artísticos. Ninguna gran obra u acción  se ha realizado jamás sin estar en un profundo estado de enamoramiento (o al menos en un estado alterado de la realidad),  sin estar en otra dimensión; sin estar en otro mundo divagando con versos interminables.
Dante vio a Beatriz solo unas pocas veces, nunca hablo con ella. Tanto Beatriz, como Dante, están más muertos que los vivos. La Divina Comedia siempre será inmortal. En los intervalos de tiempo en los que no se vive estremecido por el amor -a lo que sea- la producción artística es ínfima, nula, despreciable. Despreciable porque el artista se entrega a la banalidad, a la tranquilidad y a la vida apacible. No hay peor error.
Entonces el amor es el medio del arte. Algo en cierta manera tan grotesco, impredecible y problemático para la gente común, pero para el artista es su motor más poderoso y más imprescindible.
Amar no solo por amar, amar para crear. El amor por si solo es muy complicado, pero a la vez muy simple. Amar para buscar las emociones que esto genera y produce. Amar para sufrir, para llorar, para retorcerse en la podredumbre de un sótano  maloliente. Amar para sentir la más excelsa felicidad, para tocar el cielo con las manos, para ser el dios de un pequeño cuarto, para eternizarse en un instante de placer, amar para escribir, para pintar, para tocar, para bailar, para vivir.
El arte como fin supremo. Como la realidad posible más hermosa, excelsa e inefable al alcance del humano. Y con ella los artistas, encargados de reflejarla, crearla, mutarla y dotarla de sentido y belleza. Y sus herramientas, el amor entre ellas, como vehículos poderosísimos de creación. Los amores van, vienen, se mueren y a veces vuelven. Las poesías, las canciones, las pinturas, las novelas, las construcciones y las esculturas quedan. Las personas se aman y mueren. El arte se hace, permanece y se eterniza.

Por esto se vuelve necesario, inalienable, imprescindible y obligatorio vivir al límite, en los intersticios de la lucidez y la más profunda locura. Entre las sombras más ufanas y la luz más brillante. Se vuelve obligatorio crear y escribir hasta el ultimo segundo de lucidez. Pensando ya sea en algo , o en alguien, pero atormentado y ahogado en sentimientos. Tal y como se evidencia en estas lineas


En fin. Morir, amar y dejar obra. Nada mas importa. Nada más vale la pena. 


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